IV Congreso Internacional de Artes, Revueltas con el Arte
IV Congreso Internacional de Artes, Revueltas con el Arte
19,
20 y 21 de octubre 2026 UNA Buenos Aires
Eje temático 3: Cuerpos, identidades y
memorias en las artes y la cultura
El cuerpo como archivo: técnica, memoria e identidad en las maestras de danza española de Rosario (1946-1955)
Por Gabriel Vaudagna Arango
Este
trabajo es parte de la tesis presentada en la Universidad Pablo de Olavide de
Sevilla: Coreografías en tensión durante el primer peronismo: folclore,
danza española y nación entre la patria y la Madre Patria
Concretamente
es un capítulo en el que se habla del cuerpo de las maestras de danzas
españolas y la construcción de una identidad cultural a través de la danza, la
herencia y la memoria.
1. Introducción
En los últimos diez años,
la reflexión sobre la corporalidad ha dejado de ser un anexo ilustrativo de la
historia cultural para convertirse en una de sus vías de acceso privilegiadas.
Pensar el cuerpo ya no es preguntarse qué representa, sino qué hace: qué
produce, qué transmite, qué disputa. Esta ponencia se inscribe en esa
reorientación y toma como caso de estudio un fenómeno poco documentado de la
historia cultural argentina: las academias de danza española fundadas y
sostenidas por mujeres en la ciudad de Rosario entre 1946 y 1955, en el marco
de las políticas culturales del primer peronismo.
La pregunta que organiza
este trabajo es sencilla de formular y difícil de responder: ¿qué es, para
estas maestras, la cultura y la identidad que transmitían con el cuerpo? La
respuesta no cabe en una definición compacta. La cultura de la que hablan estas
mujeres —sin nombrarla como tal— es, al mismo tiempo, herencia familiar,
práctica corporal, memoria afectiva, territorio barrial y disputa política.
Sostengo que el cuerpo que baila operó, en este contexto, menos como vehículo
de una tradición ya constituida que como el lugar mismo donde esa tradición se
producía, se disputaba y se volvía a hacer cada vez.
Esta hipótesis se apoya
en una investigación doctoral en curso sobre la danza española en la
configuración de la política cultural argentina durante el primer peronismo,
con eje en la ciudad de Rosario. El corpus incluye historias de vida y
testimonios de maestras y discípulas —entre ellas Alcira Cassini Morán, Amanda
Hamelin, Beatriz Buono de Nemer y Mercedes Ratero, “La Trianera”— relevados en
archivos personales, programas de mano, prensa y entrevistas en profundidad.
2. Contra la cultura como objeto: una crítica necesaria
Conviene empezar por una
advertencia teórica. En 1996, los antropólogos españoles Ángel Díaz de Rada y
Honorio Velasco Maíllo publicaron un artículo breve pero influyente en el que
cuestionaban la metáfora dominante con que buena parte de las ciencias sociales
piensa la cultura: la “metáfora del objeto”. Según esta metáfora, la cultura es
una colección de elementos —normas, valores, técnicas— que existe de manera
relativamente independiente de quienes la practican y que puede, en principio,
transferirse de una mente a otra, de una maestra a su alumna, como quien
entrega un paquete.
Los autores identifican
al menos seis distorsiones que produce esta metáfora. Dos resultan
especialmente productivas para pensar nuestro caso. La primera es concebir la
relación entre agentes y cultura como interactiva y no como constitutiva: se
presupone que las maestras existen de manera previa e independiente de la
cultura que practican, y que luego “interactúan” con ella. Pero la identidad de
estas mujeres no precede a la danza que bailaban: es danza. No es posible
separar a Alcira Cassini del flamenco que bailó, ni a La Trianera de las palmas
que aprendió sin que nadie se las enseñara explícitamente. La cultura no es
algo que los agentes tienen; es, en un sentido literal, algo que ellos son.
La segunda distorsión
relevante es la que imagina la cultura como información codificable, separable
de las condiciones sociales que le dan sentido. Lo que hacía que una sevillana
fuera una sevillana no era la suma de sus pasos descriptibles, sino el modo en
que se ejecutaba, el cuerpo que la ejecutaba, el espacio en que se ejecutaba y
la relación entre todos esos elementos. Como escriben los propios autores, “la
información construida convencionalmente mediante acuerdos o negociaciones
intersubjetivas no es nada si la abstraemos de las condiciones sociales que le
dan cuerpo en la práctica” (Díaz de Rada y Velasco Maíllo, 1996: 3).
Esta crítica no es un
ejercicio abstracto: es la que permite formular la hipótesis central de esta
ponencia. Si la cultura no es un objeto transferible, entonces preguntar cómo
estas maestras “transmitían” la danza española es, en rigor, una pregunta mal
planteada. La pregunta correcta es cómo un cuerpo se volvía, él mismo, el lugar
donde una identidad se producía.
3. Técnicas del cuerpo y sociología del gesto
Para responder esa
pregunta hace falta un vocabulario que permita pensar el cuerpo no como soporte
pasivo de la cultura, sino como su lugar de producción. Marcel Mauss acuñó en
1934 el concepto de "técnicas del cuerpo" para referirse a los modos
en que los seres humanos, sociedad por sociedad, hacen uso tradicional de su
cuerpo. Lo notable de su formulación es la triple dimensión que le atribuye:
toda técnica corporal es a la vez social, psicológica y fisiológica. No hay
forma de bailar que sea puramente biológica; todas son aprendidas, transmitidas
y cargadas de significado social. Y ese aprendizaje no ocurre principalmente a
través del lenguaje, sino a través de la imitación, del contagio gestual, de la
exposición prolongada a cuerpos que ya saben.
Los testimonios de las
maestras confirman esta lógica de manera casi literal. La Trianera no aprendió
flamenco leyendo un manual, sino en reuniones familiares donde la música y el
baile formaban parte natural del ambiente doméstico. Alcira Cassini no les
explicó a sus alumnas la fenomenología del “duende”: lo encarnó ante ellas, y
ellas lo absorbieron a su vez. Luisa Pericet, por su parte, utilizaba como
método de enseñanza la copia: la alumna nueva debía colocarse detrás de quien
ya sabía los pasos, observarla y repetirla hasta adquirir el conocimiento. El
saber no se transmitía; se contagiaba.
David Le Breton, desde
una sociología del cuerpo formulada décadas más tarde, radicaliza esta
perspectiva: el cuerpo no es un dato biológico sobre el que la cultura se
inscribe, sino una construcción social en su totalidad. “El cuerpo está
construido socialmente, tanto en lo que se pone en juego como en sus
representaciones” (Le Breton, 2002: 27). El cuerpo que danza no es expresivo
por naturaleza, sino producido culturalmente como expresivo, en un proceso que
—como observa Foucault— también disciplina y adiestra: no hay técnica corporal
sin, a la vez, un cierto gobierno del cuerpo.
Este doble movimiento —el
cuerpo como archivo de saber y el cuerpo como objeto de disciplinamiento—
resulta central para comprender lo que ocurría en las academias de barrio de
Rosario. La autoridad de la maestra no descansaba en títulos formales sino en
un reconocimiento ganado en el escenario y sostenido por la comunidad: era, en
el sentido preciso de Mauss, la autoridad de quien “sabe hacer” y por lo tanto
habilita la imitación. Al mismo tiempo, ese sistema de enseñanza por copia —muy
popularizado en los modelos de los hermanos Pericet— reproducía un esquema de
obediencia, disciplina y contención estética que no resulta ajeno al clima
cultural de la época.
4. El cuerpo como patrimonio inmaterial: lo que se hereda sin escribirse
Si el saber corporal no
puede reducirse a información, tampoco puede archivarse del modo en que se
archiva un documento. Esto explica el funcionamiento profundo de las academias
de danza española: su función no era solo formar bailarinas, sino mantener vivo
—en cuerpos, y solo en cuerpos— un repertorio de movimientos, ritmos y
significados que no podía sobrevivir en libros ni en grabaciones. La academia
operaba, en este sentido, como un ritual: un acto de repetición que garantizaba
la continuidad de una forma de vida.
Esto explica también la
intensidad con que las maestras defendían la autenticidad de lo que
transmitían. No se trataba de vanidad ni de estrategia individual, sino de la
conciencia —quizás no articulada, pero sí sentida— de que la interrupción de la
cadena de transmisión significaba la desaparición de algo que ningún otro medio
podía recuperar. La insistencia en la herencia española, llamativa incluso en
maestras hijas de inmigrantes italianos, revela una necesidad de anclar en una
continuidad reconocible una práctica que, de otro modo, podía parecer
arbitraria o meramente local. La política cultural peronista, al elevar la
herencia hispana a símbolo de identidad nacional legítima, les dio a estas
maestras un lenguaje público para nombrar lo que ya sabían en privado.
Ninguna de ellas usaba la
palabra “cultura” para describir lo que hacía. Usaban otras: “me sale de
adentro”, “lo llevo en la sangre”, “es cosa de familia”. Estas frases
describen, con una precisión que ninguna categoría académica predefinida
alcanza a igualar, exactamente lo que Díaz de Rada y Velasco Maíllo llaman una
cultura constitutiva: no algo que se tiene, sino algo que se es. El relato
oficial de la danza en Argentina, sin embargo, tardó —y sigue tardando— en
reconocer esta labor: privilegia las grandes compañías y los escenarios
ilustres, y deja en la invisibilidad a las maestras de barrio que, durante
décadas, sostuvieron una práctica que llegó a miles de niñas en las ciudades
del interior. Esta ponencia se propone, entre otras cosas, restituir parte de
esa visibilidad negada a lo que aquí llamo “mujeres anónimas”.
5. Coreopolítica: el cuerpo que toma posición
Queda por situar esta
discusión en su dimensión más explícitamente política. André Lepecki recupera
la noción de que la modernidad occidental instituyó un “imperativo cinético”
—la idea de que el ser humano moderno debe estar siempre en movimiento, siempre
disponible para desplazarse— y sostiene que la coreografía fue, desde sus
orígenes, una tecnología al servicio de ese proyecto: “una tecnología que crea
un cuerpo disciplinado para que se mueva a las órdenes de la escritura”
(Lepecki, 2008: 22). La escuela bolera y el ballet clásico que acompañaban a la
danza española en Rosario no eran, en este sentido, formas neutrales de
enseñanza corporal, sino dispositivos de disciplinamiento cultural que
inscribían en los cuerpos de las alumnas un determinado régimen de movilidad,
gracia y contención.
Pero Lepecki también
abre, siguiendo la pregunta de Spinoza que retoma Deleuze —“¿qué puede hacer un
cuerpo?”—, la posibilidad de pensar la coreografía como una práctica que
cuestiona, desde adentro, ese mismo imperativo. El cuerpo que interrumpe, que
vacila, que no sigue el flujo esperado, puede estar proponiendo un desafío
político y teórico a la alianza entre coreografía y modernidad. Esa
interrupción tiene nombre concreto en la historia que estudio: es la soleá que “sale
de adentro” en lugar de seguir el modelo academizado; es la autoridad que no
descansa en títulos sino en el reconocimiento comunitario; es la academia de
barrio que contradice, con su mera existencia cotidiana, la jerarquía del saber
oficial.
Esta lectura se refuerza
con la noción de re-existencia que Mauricio Calle Cometa (2026) retoma de
Adolfo Albán Achinte: re-existir no significa únicamente resistir imposiciones
culturales hegemónicas, sino “recrear la vida desde matrices propias de
sentido, afirmando la dignidad cultural y la continuidad de los saberes
comunitarios” (Calle Cometa, 2026: 72). Las academias de danza española de
Rosario fueron, en este sentido, espacios de re-existencia: territorios donde
una cultura emigrada se recreaba no como nostalgia museificada, sino como
práctica viva, y donde el saber corporal de mujeres sin títulos formales era
reconocido por su comunidad como legítimo y valioso.
La dimensión política del
gesto también se hace visible en la escena pública. Cuando Alcira Cassini
bailaba una soleá en un acto peronista, cuando las alumnas de las academias
actuaban en teatros y clubes de barrio, esos cuerpos en movimiento no eran solo
expresión estética: eran, siguiendo la noción de “coreografía expandida” de
Lucía Naser Rocha (2017), agentes políticos que participaban con sus cuerpos en
la producción simbólica de una comunidad y de una identidad nacional en
disputa.
6. Conclusiones
Pensar la danza española
en Rosario desde la política del cuerpo permite comprender que lo que estaba en
juego en estas academias no era únicamente la transmisión de una técnica. Era
la producción y reproducción de subjetividades culturalmente situadas: mujeres
que aprendían a moverse de cierta manera, a portar ciertos valores, a ocupar
ciertos lugares en el espacio social. Era, simultáneamente, la posibilidad de
impugnar esa misma producción: de bailar desde adentro, de enseñar sin título,
de reivindicar una práctica popular frente a la legitimidad institucional.
El cuerpo que danza, en
esta historia, es siempre un cuerpo que toma posición. Y es, además, un
archivo: el único lugar donde pudo sobrevivir una forma de vida que ningún
libro, ninguna grabación, ningún documento oficial estaba en condiciones de
conservar. Restituir la centralidad de esas maestras anónimas, a la historia de
la danza y de la identidad cultural argentina es, en última instancia, el
propósito que anima esta investigación y esta ponencia.
Muchas
Gracias
Referencias bibliográficas
Calle
Cometa, M. (2026). Re-existencia y saberes comunitarios: una lectura
crítico-decolonial.
Citro,
S., Greco, L. y Rodríguez, M. (2008). La danza de orixás entre Brasil y
Argentina.
Díaz de
Rada, Á. y Velasco Maíllo, H. (1996). La cultura como objeto. Revista de
Antropología Social.
Le
Breton, D. (2002). Antropología del cuerpo y modernidad. Buenos Aires: Nueva
Visión.
Lepecki,
A. (2008). Agotar la danza: performance y política del movimiento. Ciudad de México:
CENART/CONACULTA.
Mauss, M. (1973 [1934]). Techniques of the body.
Economy and Society, 2(1).
Naser
Rocha, L. (2017). De la politización de la danza a la dancificación de la
política.
Olivas
Hernández, O. L. (2014). Cuerpo, memoria y territorio en la danza azteca en la
frontera de las Californias.


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